No me gusta sentirme estancado. Es un sentir clichoso, sobregastado, y lo odio. Me
acuerda a los diecisiete años, cuando mi vida entera se resumía en una rutina
diaria que llevaba repetida desde maternal, desde el vientre, desde antes. Me
acuerda a mi cuarto, a la ropa que he repetido desde los doce años, en algunos
casos, a la cama y los muebles que reorganizo cada cierta cantidad de tiempo
para traerle variedad al flujo de mis sueños, a la explosión de mis rabietas esparcidas
como mis pantalones en el piso. Me acuerda a los dos años que llevo como
estudiante universitario en Río Piedras—dos años que me han bañado de
bendiciones que tal vez hoy día no sean más que buenas noticias, que tal vez no
sean más que el leve oleaje jugando con mi cuerpo en la marea—dos años que también
tienen el sabor a rutina, a alarmas de lunes a viernes, a jueves practicando la
promiscuidad por los bares de Hato Rey, de Santurce, de la Loíza, de nuevo en
Rio Piedras. Y con tan sólo pensar que me quedan tres años más persiguiendo
matrículas, tres años más de contar los días hasta las vacaciones y contar las
semanas hasta el comienzo de clases, tres años más de acelerar las turbinas
para terminar photo-finish con buenas notas y enseñárselas a mi abuela, tres años
más de las mismas carreteras dando vueltas infinitas en una isla que no cambia
por nada del mundo, tres años más de anticipar el próximo Gran Cambio que está
a punto de aterrizar, vagueando, o la próxima Gran Tragedia que está a la
vuelta de la esquina, acechando.
Enfatizo lo de los tres años porque es un tiempo
bastante largo, si uno no tiene dinero (y en estos meses, mi cuenta se ha visto
vaciada en múltiples ocasiones)… también tres años son un parpadear de ojos, porque
el tiempo es así, e insiste en estirarse y contraerse arbitrariamente, inmune a
mi intervención y a mis desasosiegos… Por ejemplo, pensaba que tendría tanto
tiempo este verano para completar proyectos personales: novelas, colecciones de
cuentos de ciencia ficción y fantasía, listas de libros que he tenido por leer
desde hace años, mudanzas, relaciones esporádicas y sexuales, si se puede,
hasta talleres de artesanía y confección de libros artesanales… Pero el tiempo
decidió pasarme por delante como un tren que no pasa por la vía, y ya estamos a
mediados de julio y pienso que el mayo todavía me sabe a abril en la boca, pero
no… Ya no hay tiempo. Ya los veranos en Puerto Rico no son tan eternos como
antes.
Porque en la niñez, los veranos sí me parecían
eternos. Desde la primera semana de mayo hasta la mitad de agosto estaba libre
para correr por los pasillos de casa, libre para prender el aire desde las seis
de la tarde hasta las doce del mediodía, libre para prender el televisor desde
temprano y no moverme por horas enteras, circulando las grasas del desayuno en
un cuerpo que ni para aliviarse en el baño se levantaba. Los programas me parecían
los mismos, y me pasaba brincando canales como tormentas sobre el Atlántico,
escogiendo las playas más cálidas. Tantas horas bajo el calor del aburrimiento,
tantas horas perdidas, tantos años malgastando el tiempo, viéndolo encojonarse de
mi lentitud y pasarme por el lado en la carretera.
Y ahora regresan amistades que he conocido desde
escuela elemental, en algunos casos, que pasaron más de un semestre en Europa
dizque estudiando—pero he estado pendiente a sus fotos subidas al Internet, a
sus sinvergüenzadas con los turistas australianos o austracos,
no me acuerdo muy bien, a sus historias de por vida que estarían repartiendo y
repitiendo hasta que tienen sus hijos y tienen que dejar de hablar de sus
pasadas conquistas porque el mundo se convertiría de adultos solamente y los
adultos, o los padres, tienen que ser discretos y no unos locotes y locotas
buscando pingazos ebrios por los clubes de Praga o buscando saquitos de yerba
al por mayor en Amsterdam o buscando amor entre los cubículos de los baños en
un bistro en París…
No es que esté celoso de sus viajes, no creo que
sea eso… Pienso que soy más maduro que eso. Yo tengo mis historias también,
aunque ya mis secretos sean pocos, aunque ya mis historias las he repetido
demasiado. Creo que les envidio el hecho de que hayan biengastado su tiempo por
tantos años anteriores a su semestre en el extranjero. Se fajaron estudiando
para conseguir las mejores notas y las más altas recomendaciones. Se esforzaron
para conseguir un trabajo y destacarse y joderse doblando camisas o metiendo
sauerkraut en decenas de hotdogs por hora o echándole canela y azúcar Dominó en
bolsitas d epretzels en Montehiedra. Se prepararon mentalmente para montarse en
un avión con un pasaje que sufragaron con su sueldo, para quedarse en
apartamentos que ellos mismos encontraron cuando aterrizaron en Madrid y no tenían
en dónde quedarse, para acostumbrarse de un minuto a otro al estilo
universitario de la Madre Patria, whatever that means, y no sólo triufar, sino
encontrar el tiempo para comprar botellas de vino para la cena y saquitos de éxtasis
para las noches de discoteca y viajar como sólo se puede viajar en Europa: de
un país a otro, de una aventura a otra, en un parpadear de ojos, en un par de
semanas que pesan cono meses en los huesos.
Les envidio la movilidad, la ambición, el poder de
adquisición que, valga la redundancia, ellos han adquirido. Pero ahora tendrán que enfrentar los mismos veranos en la isla cuando regresen en cuerpo, y se queden fuera, todavía montados en el avión, en sus cabezas.
Y yo aquí en la cama desde la primera semana de mayo, doblando ropa, mareándome con Netflix, buscando polvos en el celular de la misma manera que como aprendí a los diecisiete, tratando (y fracasando) de ahorrar mi poco sueldo como mesero en un restaurante al lado de la estación de Sagrado Corazón sólo para verlo desaparecer entre la gasolina (que no baja) y saquitos de marijuana (que cada vez se parecen más defalcados).
Y yo aquí en la cama desde la primera semana de mayo, doblando ropa, mareándome con Netflix, buscando polvos en el celular de la misma manera que como aprendí a los diecisiete, tratando (y fracasando) de ahorrar mi poco sueldo como mesero en un restaurante al lado de la estación de Sagrado Corazón sólo para verlo desaparecer entre la gasolina (que no baja) y saquitos de marijuana (que cada vez se parecen más defalcados).
Tampoco es que me esté quejando de mi trabajo…
Puedo decir que lo disfruto. Puedo decir que por lo menos tuve algo que hacer los sábados y domingos y
alguno que otro lunes o miércoles. Por lo menos tuve con qué paquear a Angélica.
Sin embargo, me pongo a pensar en mis amistades que se quedaron a estudiar en
Pennsylvania, o en Washington, D.C., o en Georgia, o en la Florida, que ahora
tienen un internado de verano en San Francisco (sí, en fucking San Francisco)
con hospedaje pago y un sueldo de pequeño burgués (ejecutivo, debo decir, mis
disculpas), que ahora tienen un internado en New York (sí, en fucking
Manhattan) y se pasan de museo a cafecito a parquesote del Noroeste de Estados
Unidos, que ahora han desaparecido de Facebook y se pasan viajando los astros
porque están estudiando ingeniería aeroespacial y estoy seguro que si ya no han
conseguido un internado de verano en la Estación Espacial pues están esperando
a que Rusia les mande el visado para poder por fin cumplir sus sueños y
montarse en la nave.
Pero no quiero que piensen que les estoy
envidiando, porque no creo que ese sea el caso… Todavía me muero, me desvivo
por sus cuentos del extranjero, de los acontecimientos en vivo y a todo color
que las fotos en Tumblr no le pueden hacer justicia. Todavía pulso el botón de me gusta, whatever that means, a sus
ocurrencias cibernéticas, si nuestros aparatos electrónicos coinciden en el
tiempo. Todavía los llamo para ver cómo están, para que piensen en mí por unos
segundos (y no por semanas y meses enteros como yo los pienso a ellos), para
que me manden un poco de sus buenas vibras y sus buenas suertes para ver si
logro matar un poco el estancamiento que me tiene amarrado a esta isla.
Porque no todos están amarrados a sus casas, a sus
abuelos, a su carrera universitaria que, con los años, caduca como los
resultados de una prueba estandarizada… Cada semana se vaotro. Literal. Pronto
se vacía la isla. Pronto se me van todos, y me quedo aquí solo como mi abuela
cuando me levanto temprano para el trabajo y mi madre desaparece, como todos
los veranos. Por lo menos dos ó tres veces al mes me encuentro a alguien
janguiando o leo un estado en mi celular o escucho un rumor de x ó y
persona que por fin se cansó de la vida insular y quieren intentar la vida por
los niuyores, lejos de este mierdero de país, lejos de este estancamiento que
cada año parece más un tanque séptico o algún hoyo en la carretera que nadie
logra tapar por alguna razón y que para colmo tiene un negocio abandonado (pero
disponible para rentar) justo al frente del pozo de agua estancada…
No me gusta sentirme así… No me gusta sentirme
frustrado. No me gusta sentir que estoy malgastando mi tiempo, porque para unos
el tiempo vale tanto, porque para otros, el tiempo nunca le da, y a mí, a
veces, a veces muchas veces, me da y me sobra, pero como quiera me muero del
estrés, de la prisa, de la rabia que a veces, muchas veces, me da, sin dirección
determinada, y simplemente explota, como un volcán en el Caribe, sin más razón
que cubrir el sol por algunas horas, y matar el verano.
No comments:
Post a Comment